El Espiritismo añade a las pruebas morales de estos principios, las pruebas
materiales de los hechos; y la experimentación destruye los sofismas del
materialismo. En presencia de los hechos, la incredulidad no tiene razón de ser; así
es que el Espiritismo devuelve la fe a los que la han perdido y aclara las dudas de
los indecisos.
Los mundos materiales han tenido un principio y tendrán un fin.
Que la materia sea eterna como la fuente creadora, o bien que haya sido creada en una
poca cualquiera, resulta siempre, por lo que vemos todos los días, que las
transformaciones de la materia son temporales y que de estas transformaciones
resultan los diferentes cuerpos que aparecen y se destruyen sin cesar.
Siendo los diferentes mundos productos de la aglomeración y transformación
de la materia, al igual que todos los cuerpos materiales deben haber tenido un
principio y tener un fin, obedeciendo a leyes que nos son desconocidas. La ciencia
puede, hasta cierto punto, establecer las leyes de su formación y remontarse hasta
la averiguación de su estado primitivo, y cualquiera teoría filosófica en
contradicción con los hechos demostrados por la ciencia, es de todo punto falsa, a
no ser que pruebe que la ciencia marcha por el error.
Las doctrinas materialistas son incompatibles con la moral y subversivas
del orden social.
Si el pensamiento fuese secretado por el cerebro, como lo es la bilis por el
hígado, según pretenden los materialistas, resultaría que, a la muerte del cuerpo, la
inteligencia del hombre, lo mismo que todas sus cualidades morales, entrarían de
nuevo en la nada; que todos aquellos parientes o amigos que se habría amado, se
hubieran perdido definitivamente; que el hombre de genio no tendría mérito alguno,
puesto que sus eminentes facultades las debería a la casualidad que presidió en su
organización, y que entre el hombre de talento y el imbécil, no habría otra
diferencia que la de tener una masa cerebral mas o menos imperfecta