Este ritual posee el secreto de lo simple.
Sólo necesitamos un papel blanco, sin rallado
o cuadros, un lápiz, una bolsa pequeña y el
congelador.
Nos concentramos en el problema que tenemos
y lo escribimos en el papel. Después lo
doblamos con las letras hacia dentro, lo
guardamos en la bolsita y lo ponemos en el
congelador.
Mientras hacemos esto pensaremos que el
problema va siendo menos urgente e
intentaremos visualizar que se enfría y se
aleja…
Cuando tengamos tiempo para dedicarle, lo
sacamos del congelador y mientras se
descongela nos concentraremos en el
problema, y escribiremos en otro papel todas
las posibles soluciones que se nos ocurran. Al menos tres, aunque parezcan insensatas. Si
es necesario, volveremos a congelar el papel
otra vez.
Cuando esté resuelto el problema, sacaremos el
papel del congelador y lo enterraremos en un
jardín o una maceta.